Séptima roca desde el Sol

William Herschel, la Tierra y Urano

William Herschel, la Tierra y Urano

“¿Qué haces, Luna, en el cielo? Dime, ¿qué haces, silenciosa Luna?”, preguntaba Leopardi y, por supuesto, no fue el primero, ni el único. La fascinación por los cielos está con nosotros desde que estamos acá. ¿Quién no la ha experimentado en una profunda noche estrellada? Y si en algún tiempo encontrábamos mitos, luego comenzamos a encontrar regularidades (que, además de bellas, son muy útiles a la hora de hacer un calendario). Y en esa inmensa regularidad, encontramos algunos pequeños astros que no seguían a todos los demás e iban por sus propios caminos: aster planetes, los llamaron los griegos, estrellas errantes. Nosotros los llamamos planetas.

Hasta 1781, sabíamos de la existencia de cinco planetas en el cielo, los que se ven claramente a simple vista: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, y Saturno. Pero, en ese año, William Herschel descubrió Urano, el séptimo planeta comenzando desde el Sol. Y, de paso, duplicó el diámetro del Sistema Solar.

¿Lo descubrió? El planeta siempre estuvo ahí. ¿Lo descubrió por casualidad el primero que lo vio? Si no se ve a simple vista, ¿es cuestión de mirar por un telescopio y listo? No exactamente. La historia del descubrimiento de Urano tiene condimentos muy interesantes que ilustran algunos aspectos de cómo se descubren las cosas, y esto nos ayuda a entender cómo sabemos lo que sabemos. Hablaremos aquí de planetas, de qué es observar y del papel de la casualidad.

En realidad, Urano había sido observado muchas veces antes de su descubrimiento “oficial”. Incluso en 1690 fue catalogado por John Flamsteed, el primer Astrónomo Real inglés. (Los Astrónomos Reales dependen del monarca y dirigen el Observatorio Real de Greenwich. Este puesto sigue existiendo hasta nuestros días. ¿No llama la atención que, en esa época, se considerara a la astronomía como una ciencia tan importante? Es que el objetivo no era tanto conocer el cielo sino averiguar maneras de medir con mayor exactitud y precisión la longitud geográfica terrestre, indispensable para que los navegantes pudieran orientarse en el mar y llegar a destino. La latitud siempre fue más fácil de medir, pero la longitud fue un desafío al que se abocaron las mentes más brillantes de la época y por muchos años, y cuya solución le dio a Inglaterra enormes ventajas militares y económicas. Pero ya hablaremos de esto en otra ocasión).

Urano había sido observado previamente, decíamos, pero recién fue identificado como planeta por William Herschel. Este músico y astrónomo aficionado, que construía sus propios telescopios de una calidad sin precedentes, notó lo que nadie había notado antes: ese punto brillante no se comportaba como una “estrella fija”, es decir, no mantenía su posición respecto de las estrellas, que es lo que hacen las estrellas comunes y corrientes. Ese punto brillante se movía, y eso solo podía querer decir, en la práctica, dos cosas: o era un cometa, o era un planeta más del Sistema Solar. En esa época descubrían cometas nuevos con frecuencia, pero era casi inconcebible encontrar un planeta nuevo, ya que los que se conocían ya habían sido descubiertos en la prehistoria.

Herschel comunicó su observación al Astrónomo Real de ese momento, Nevil Maskelyne, que enseguida notó su importancia y la difundió a otros científicos, agregando la sugerencia de que, como no se veía que hubiera una cola, quizás se tratara de un planeta.

Entonces, en primer lugar, Herschel no fue el primero en identificar a Urano, sino el primero en entenderlo. Descubrir no es ver por primera vez sino entender por primera vez. No estaba buscando un planeta, pero al observar con muchísima atención y, al notar su movimiento, pudo comprender eso dentro de lo que conocía. Esto pasa siempre con los datos de los experimentos o de las observaciones: se los entiende dentro de un determinado marco conceptual y, si esto no es posible, es necesario entonces proponer cambios a este marco. Podría haber sido distinto: si en vez de un planeta, Herschel hubiera observado un objeto completamente nuevo, los criterios de la teoría (se mueve con respecto a las estrellas, tiene o no tiene cola, etc.) no le habrían servido, su conclusión habría sido errónea, o habría tenido que concluir que se trataba de un objeto nuevo que requería otros criterios.

Otra de las características de las observaciones científicas es que deben ser replicables. Una vez que Herschel identificó este nuevo objeto, otros astrónomos en el mundo lo buscaron con sus telescopios y realizaron sus propias observaciones y mediciones, que confirmaron lo que él había descripto. Fue esto, sumado a la ausencia de cola y otras cuestiones relacionadas con su trayectoria y brillo, lo que terminó de convencer a la comunidad científica de que esa nueva “estrella” identificada por Herschel era efectivamente un nuevo planeta.

Por este importante descubrimiento, el Rey George III premió a Herschel con una beca que le cambió la vida (a diferencia de otros científicos de la época, William Herschel no era adinerado, y vivía de ser músico y de vender los telescopios que fabricaba). A modo de agradecimiento al rey, Herschel decidió nombrar al nuevo planeta Georgium Sidus (“estrella de George”). Urano no se llamó Urano hasta bastante después (otra muestra de que la cosa y el nombre de la cosa no son lo mismo).

Quizás por envidia, algunos astrónomos, entre los que se encontraban Maskelyne, dijeron que Herschel había descubierto el planeta por casualidad. Esto le molestó muchísimo, ya que no hubo nada de azar en su descubrimiento. Herschel era muy metódico en sus observaciones, y consideraba que descubrir Urano era una “consecuencia inevitable” de su manera de trabajar, que consistía en “barrer” completamente el cielo con su telescopio, anotando cuidadosamente todo lo que veía. Fueron estas precisas anotaciones las que le permitieron identificar que ese cuerpo celeste se movía, ya que el movimiento era mínimo. Al respecto, escribió: “La nueva estrella podría no haber sido descubierta incluso con los mejores telescopios, de no haber emprendido yo el examen de todas y cada una de las estrellas de los cielos, incluidas las que son muy remotas, hasta una cantidad de al menos ocho o diez mil. La descubrí al final de mi segundo repaso luego de unas cuantas observaciones… No se puede decir que el descubrimiento se deba al azar, sino que habría sido casi imposible que una estrella como esta hubiera escapado a mi atención… Desde el primer momento en que dirigí mi telescopio a la nueva estrella, vi con 227 aumentos que difería bastante de otros cuerpos celestes, y cuando puse más aumento, 460 y 932, ya estaba casi convencido de que no se trataba de una estrella fija.”

Quizás, como decía Louis Pasteur, “Dans les champs de l’observation, le hasard ne favorise que les esprits préparés” (“En el campo de la observación, la suerte solo favorece a las mentes preparadas”).

Referencias

– The age of wonder, Richard Holmes, HarperPress, 2008

– Uranus and the Establishment of Herschel’s Astronomy, Simon Schaffer, Journal for the History of Astronomy, Vol. 12, P. 11, 1981 http://adsabs.harvard.edu/full/1981JHA….12…11S

https://solarsystem.nasa.gov/planets/profile.cfm?Object=Uranus&Display=OverviewLong

http://www.rmg.co.uk/explore/astronomy-and-time/astronomy-facts/history/the-herschel-family-and-the-royal-observatory

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2 comentarios en “Séptima roca desde el Sol

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