Por qué la verdad científica puede herir

El horizonte nos dice que la Tierra es plana pero nuestra percepción a menudo se equivoca. Foto: Alamy

El horizonte nos dice que la Tierra es plana pero nuestra percepción a menudo se equivoca. Foto: Alamy

La ciencia es una serie de herramientas que nos permiten explorar y comprender el mundo, y estas herramientas no nos vienen de fábrica. Lo que sí nos viene de fábrica es equivocarnos al pensar. Ya estuvimos hablando acerca de lo mal que pensamos. No podemos confiar en nuestro sentido común ni en nuestras intuiciones, que nos engañan a diario. Y, como la ciencia es profundamente anti-intuitiva y muy metódica, esa manera de pensar y abordar preguntas propia de la ciencia debe ser enseñada adrede.

Adam Rutherford, un Dr. en Genética que ahora se dedica a escribir sobre ciencia, publicó este bellísimo artículo ayer en el diario inglés The Guardian. En él habla de estos temas, así que a continuación lo reproduzco completo y en español:

Por qué la verdad científica puede herir

Por Adam Rutherford

Las realidades básicas del mundo, desde la rotación de la Tierra alrededor del Sol a la teoría de la evolución de Darwin, son muy pocas veces obvias o esperables.

Las cosas no son como parecen. Gran parte del universo, desde lo inimaginablemente pequeño hasta lo cosmológico, no es como nos resulta aparente, y nuestro punto de vista es lamentablemente limitado. Es menor el tiempo desde que se acepta la rotación de la Tierra alrededor del Sol que el tiempo en el que no se aceptó, y todavía no sabemos de qué está compuesta la mayor parte del cosmos. El conocimiento de que todos los seres vivos están hechos de células tiene menos de dos siglos, y que la vida está codificada en el ADN es algo que se sabe desde hace solo 50 años. Cuando Darwin planteó la evolución por selección natural, su leal aliado TH Huxley exclamó: “¡Qué extremadamente estúpido no haber pensado en eso!”.

Pero la evolución no es para nada obvia, e hizo falta pensar y experimentar con tenacidad para poder revelar esa verdad. La estructura real del universo – la atómica, subatómica y cuántica-, estuvo escondida de nuestra vista por prácticamente toda nuestra estadía en la Tierra. Los humanos somos desastrosos en percibir la realidad objetiva. Venimos con preconceptos y prejuicios. Somos muy malos en lógica, vemos patrones en cosas que no los tienen, y se nos pasan por alto tendencias que sí existen. Atribuimos causas e intenciones al azar y a las coincidencias, y culpamos a los inocentes de todos los males. Usamos la expresión “sentido común” como una cualidad admirable para inspeccionar el mundo que nos rodea.

Si todo esto suena misantrópico, no lo es. Una evolución ciega y no dirigida nos dio la iniciativa y las herramientas para desconfiar de lo que vemos y preguntarnos si las cosas son realmente así. La ciencia es todo lo contrario del sentido común.

El sentido común nos engaña todo el tiempo: el horizonte nos dice que la Tierra es plana, las personas parecen curarse luego de tomar preparaciones homeopáticas, las arañas son peligrosas, una ola de frío ridiculiza el calentamiento global. Por supuesto, es difícil desafiar exitosamente la opinión de alguien si está basada en su propia experiencia. Pero eso es exactamente para lo que sirve la ciencia. La ciencia está para extraer los defectos humanos de la realidad, para poner a un lado los sesgos con los que venimos. Nuestros sentidos y psicología perciben el mundo de maneras particulares que son cómicamente sencillas de engañar. Pero el gran poder de la ciencia es que reconoce la falibilidad humana que inutiliza nuestra visión del universo. El método científico intenta remover esas debilidades.

Es por eso que esto nos debería ser inculcado lo antes posible. En la escuela se deben enseñar los hechos y la historia de esos descubrimientos también. Pero debemos darles a las nuevas generaciones las herramientas para cuestionar nuestra limitada percepción, darles la ciencia como una manera de saber. A menudo decimos, incluso la gente como yo, que los niños nacen científicos, que vienen con una curiosidad que se erosiona con la edad. Es un sentimiento agradable, y es cierto que vienen inmaculados sin el bagaje de una vida.

Pero los niños no son científicos. Como siempre, lo valioso se logra con esfuerzo, no por gracia. La ciencia es una manera particular de pensar que no es atacada sino facilitada por la duda, y debe ser enseñada. En algún lugar del país hay una niña de ocho años que cambiará el mundo y ganará un Premio Nobel por ello. Hará a las personas más saludables, o verá nuevas estrellas, o sencillamente revelará maravillas. Pero lo hará porque sus padres y sus maestros le enseñaron a no quedarse conforme con cómo las cosas aparentan ser y le dieron las herramientas para pensar críticamente y obligar al universo a revelar su verdadera naturaleza.

Me vi impulsado a escribir esto luego de haber escrito hace pocas semanas acerca de la no existencia biológica de las “razas” y recibir mensajes de enojo (y muchos de abuso racial sin encanto). Muchos de los comentaristas expresaron su punto de vista de que “obviamente las razas existen porque la gente luce diferente, y esas diferencias se agrupan a grandes rasgos en las descripciones tradicionales de cada raza (negros, blancos, asiáticos)”.

La genética moderna desenterró un tesoro escondido de información acerca de los humanos que previamente se encontraba oculta o era indescirfable, por ejemplo que algunos conjuntos de marcadores genéticos correlacionan a grandes rasgos con grandes territorios, especialmente los limitados por océanos. Pero éstas no son asociaciones exclusivas ni esenciales con el modo en el que usamos la palabra “raza”. El mes pasado, la revista Nature publicó un trabajo en el que se usó la genética para cuestionar, apoyar y, en algunos casos, refutar la historia de los británicos. El estudio catalogó las principales inmigraciones provenientes de Europa continental hasta el siglo X, como se reveló por sutiles sombras de estos intrusos escondidos en el ADN. Simon Jenkins, columnista de Guardian, opinó que algunos de los resultados eran “sencillamente poco convincentes” porque el estudio era “fuerte en algoritmos pero débil en arqueología”. Bueno, se usan evidencias de todo tipo para entender el pasado, y no hay un tipo de evidencia mejor que otro. Los algoritmos usados por los genetistas no están ahí por diversión o para confundir, sino para revelar patrones que de otro modo serían invisibles. De hecho, las técnicas científicas se usan de rutina en artefactos físicos para exponer lo que está oculto. Lo que puedo decir con confianza es que, mientras continuemos explorando y caracterizando la condición humana, encontraremos más cosas que pueden sentirse como no verdaderas o improbables o incómodas. Quizás es ahora el momento de subir a bordo con la incerteza, la incomodidad y la novedad.

Versión completa en español del artículo original publicado en The Guardian el 5 de abril de 2015.

 

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7 comentarios en “Por qué la verdad científica puede herir

  1. Me parece que está bien. Yo aprendí eso.Es bien científico, pero no dejo de preguntarme algo que vi en el curso de filosofía de Darío Stajnrajber ( en la clase de “verdad”), es la verdad científica, ¿”puramente objetiva”?, ¿es la verdad…? Hay muchas verdades… La empiria, y la lógica matemática hacen que la ciencia sea el dispositivo moderno de la verdad… pero hay que ser conscientes de nuestros propios límites, no ?
    Mi fuente, en principio es, esta clase
    https://www.dropbox.com/sh/8698gujxmlrwg4p/AACRdnH6szHoWN1yOL27fzXma/Curso%20Filosof%C3%ADa%20-%20Clase%206%20-%20Verdad.mp3?dl=0

    y este capítulo

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