La muerte de George Washington

Gilbert_Stuart_Williamstown_Portrait_of_George_WashingtonEstamos viviendo una época algo extraña en cuanto a la medicina. Por un lado, y aunque falta muchísimo por saber, entendemos como nunca antes cómo funciona un cuerpo humano saludable y qué lo hace enfermarse. Pero, por otro lado, también como nunca antes, vemos una proliferación de pseudociencias y de falsos profetas en medicina.

¿Por qué pasa esto? Probablemente no haya una razón única, pero si tratamos de entender cómo era la medicina antes, quizás eso ayude a entender por qué ahora pasa lo que pasa.

Durante varios siglos fue muy popular entre los médicos europeos hacer sangrías para tratar distintas enfermedades: se realizaban cortes en las venas del paciente o se le aplicaban sanguijuejas que le extraían sangre y, supuestamente, esta pérdida de sangre tenía un efecto sanador. Luego, al colonizar América, esta práctica llegó también a los médicos norteamericanos, que no tenían ninguna razón para cuestionarla, dado que era de uso tan corriente en el continente europeo.

Pero, en 1799, luego de hacerle sangrías al paciente más importante de Estados Unidos, comenzó la controversia: ¿realmente esta práctica ayudaba a los pacientes o los empeoraba?

Lo que sigue es la narración de las últimas horas de vida de George Washington, el primer presidente de Estados Unidos, tomado y traducido del libro “Trick or Treatment” de Simon Singh y Edzard Ernst:

“La controversia comenzó en la mañana del 13 de diciembre de 1799, el día en el que George Washington se despertó con síntomas de resfrío. Cuando su secretario personal sugirió que tomara algún remedio, Washington respondió: “sabes que nunca tomo nada para un resfrío. Se irá así como vino.”

El ex-presidente de 67 años no pensaba que tener un poco de moco y dolor de garganta fuera algo de lo cual preocuparse, especialmente teniendo en cuenta que ya había sufrido, y sobrevivido, a enfermedades mucho más severas, De adolescente tuvo viruela y, justo después, tuberculosis. Luego, contrajo malaria mientras trabajaba en pantanos infestados de mosquitos en Virginia. En 1755 sobrevivió milagrosamente a la batalla de Monongahela, a pesar de que mataron sus dos caballos y recibió cuatro balas de mosquete. También sufrió neumonía, la malaria le volvió repetidamente y desarrolló un “absceso maligno” en su cadera que lo inutilizó por seis semanas.

Aunque había sobrevivido batallas y enfermedades peligrosas, el resfrío aparentemente menor que tenía el viernes 13 sería la mayor amenaza a la vida de Washington.

Su condición empeoró tanto durante la noche del viernes que se despertó a la madrugada con dificultad para respirar. Cuando el Sr. Albin Rawlins, el supervisor de la propiedad de Washington, preparó una mezcla de melazas, vinagre y manteca para su paciente, notó que apenas podía tragarla. Rawlins, que también era un experto realizador de sangrías, decidió que había que tomar medidas más drásticas. Ansioso por aliviar los síntomas de su patrón, usó un cuchillo quirúrgico para realizar una pequeña incisión en el brazo del general, y le extrajo un tercio de litro de sangre que colocó en un bol de porcelana.

Para la mañana del 14 de diciembre, no había todavía signos de mejoría, así que Martha Washington se alivió cuando llegaron tres médicos a la casa para cuidar a su esposo. El Dr. James Craik, el médico personal del general, estaba acompañado por los Dres. Gustavus Richard Brown y Elisha Cullen Dick. Diagnosticaron correctamente cinanche trachealis (“estrangulación de perro”), que hoy llamaríamos inflamación de la epiglotis. Esto era lo que provocaba la obstrucción en la garganta de Washington que le causaba dificultad respiratoria.

El Dr. Craik le aplicó una preparación de escarabajos secos en su garganta. Cuando esto no tuvo efecto, decidió extraerle al general otro medio litro de sangre. A las 11 de la mañana, sacó otra vez una cantidad similar de sangre. El cuerpo humano promedio tiene 5 litros totales de sangre, así que se le extraía a Washington una fracción importante de sangre en cada sesión. Esto no parecía preocuparle al Dr. Craik. Volvió a abrirle una vena a la tarde, sacándole un litro más de sangre.

En las horas siguientes, parecía que la sangría estaba funcionando. Washington parecía estar recuperándose y por un tiempo pudo sentarse erguido. Pero esto fue solo una mejoría temporaria. Cuando su condición empeoró poco después ese mismo día, los médicos le hicieron otra sesión de sangría. Esta vez, la sangre lucía viscosa y fluía muy lentamente. Ahora sabemos que esto refleja deshidratación y una pérdida general de fluidos corporales causada por excesiva pérdida de sangre.

A la noche, los médicos no podían hacer más que mirar sombríamente como sus numerosas sangrías y sus cataplasmas no mejoraban al paciente. El Dr. Craik y el Dr. Dick escribieron luego: “Los poderes de la vida parecían estar rindiéndose ante la fuerza del desorden. Se le aplicaron ampollas en las extremidades y un cataplasma de salvado y vinagre al cuello.”

[…]

A George Washington, un hombre enorme de más de 1,90 m de altura, le habían extraído la mitad de su sangre en menos de un día. Los médicos responsables de tratarlo dijeron que esas medidas drásticas eran necesarias como un recurso extremo para intentar salvar la vida del paciente, y la mayor parte de sus colegas apoyaron esa postura. Sin embargo, hubo también voces en contra dentro de la comunidad médica. Aunque las sangrías habían sido una práctica médica aceptada por siglos, algunos doctores estaban empezando a cuestionar su valor. Argumentaban incluso que era algo peligroso para los pacientes, más allá del lugar del cuerpo del cual se extrajera la sangre y de si se trataba de medio litro o de dos litros. Según estos médicos, el Dr. Craik, el Dr. Brown y el Dr. Dick habían de hecho matado al ex-presidente al desangrarlo sin necesidad hasta llevarlo a su muerte.”

Así era la medicina tradicional a fines del siglo XVIII. Washington no tuvo especial mala suerte: esos médicos eran de los mejores del país, y la sangría era considerada beneficiosa. Hoy sabemos que es una práctica peligrosísima y, salvo en contadas ocasiones, no es efectiva. Probablemente, los médicos de esta época hacían directamente daño a sus pacientes, y a los enfermos debía convenirles que nadie intentara curarlos.

En Europa, también a fines del siglo XVIII, un doctor llamado Samuel Hahnemann comenzó rechazando la medicina tradicional de las sangrías y los cataplasmas, y continuó inventando una nueva “disciplina médica”: la homeopatía. Hoy sabemos que la homeopatía no es efectiva pero, en esa época, dado que la medicina tradicional era en la práctica tan peligrosa, probablemente debe haber salvado muchas vidas.

Cuando pensamos acerca de estas cosas, no podemos librarnos del contexto. De haber vivido en esa época y de haber podido elegir entre la “medicina tradicional” y la homeopatía, seguramente nos habría convenido optar por esta última. Pero, aclaremos, la medicina tradicional de hoy no es esa medicina de ayer. Hoy sabemos, para muchos problemas de salud de las personas, cuáles son las curas y los tratamientos más efectivos de los que tenemos a disposición. Si logramos saber todo esto, es gracias a una mirada de la medicina que está basada en evidencias, o sea, una en la que se evalúa por métodos estrictos qué funciona y qué no. Y la medicina basada en evidencias fue cobrando forma en el siglo XIX.

¿Por qué la homeopatía sigue, sin embargo, teniendo tanto éxito en la población? Incluso, hay quienes plantean que debería ser un tratamiento disponible en la salud pública financiada por el estado. También existen fuertes grupos en los países más desarrollados que se oponen a la vacunación, pese a que está absolutamente clara la seguridad y efectividad de las vacunas disponibles para luchar contra enfermedades. Hay también astrología, reiki, manos sanadoras, flores de Bach y curanderos de todo tipo. La lista es larguísima. ¿Por qué son tan solicitadas estas prácticas? ¿Por qué este auge de las medicinas complementarias y alternativas que vivimos hoy? ¿Será quizás porque queda esa idea de que es mejor que la medicina tradicional?

George Washington no murió a pesar de los esfuerzos de los médicos por salvarlo: murió debido a lo que sus médicos hicieron. A Washington le habría venido bien que Hahnemann hubiera sido norteamericano y lo hubiera tratado con homeopatía. Pero hoy, Washington seguramente se habría curado con un poco de buena medicina tradicional actual.

 

Referencias

Trick or Treatment? Alternative medicine on trial. Simon Singh & Edzard Ernst. 2008. Bantam Press

George Washington: http://en.wikipedia.org/wiki/George_Washington

Bloodletting: http://en.wikipedia.org/wiki/Bloodletting

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Un comentario en “La muerte de George Washington

  1. Pingback: Médicos no eran los de antes | Cómo Sabemos

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