La predicción del tiempo

No es poco común que en las frías mañanas de invierno miremos el pronóstico del tiempo antes de salir de casa para saber cuán abrigados deberíamos salir ese día y, aunque no parezca, somos bastante afortunados en poder contar con esa información, puesto que el desarrollo científico y la tecnología actual nos permiten conocer con una exactitud bastante aceptable dichos detalles. Claro que nuestra sensación de que muchas veces las predicciones se equivocan o las cosas no ocurren como dicen, se deben a que los datos son dados en términos de probabilidades. Esto es, si hay un 30% de probabilidad de chaparrones aislados, no implica que debamos dejar con tranquilidad el paraguas, pero tampoco que salgamos con éste, más el piloto y las botas plásticas. Es curioso que las personas actuemos tan diferente frente a los mismos datos, pero también es lógico, ya que la experiencia individual subjetiva es distinta en cada caso, con lo que los criterios para el análisis de riesgos no son universales. En efecto, la sola palabra “predicción” en la cultura popular, pareciera estar más relacionada con tarotistas y adivinos, que con la ciencia.

Es importante mencionar que cuando se trata del pronóstico hablamos de tiempo y no de clima, ya que este último se refiere a los datos estadísticos de períodos prolongados (varias décadas). En efecto, ambos estudios (meteorología y climatología) corresponden a disciplinas científicas pertenecientes a las ciencias de la Tierra, que a su vez pertenece a las ciencias naturales, quizás el primer campo de estudio del hombre. Y es que al ser humano le interesa comprender su entorno desde siempre, no tanto para elegir la ropa que se pondrá, sino más bien para calcular cómo van a verse afectadas las cosechas, el caudal de los ríos, y demás temas importantes para su supervivencia.

Se cree que ya los babilonios intentaban predecir el tiempo en función de los patrones de las nubes. Hasta el mismo Aristóteles escribió una obra llamada Meteorológica donde describía patrones atmosféricos, y casi por la misma época los antiguos chinos, árabes e indios comenzaban a realizar también sus predicciones observando el viento y las fases de la Luna. En efecto, los métodos utilizados en la antigüedad necesitaron muchos años de desarrollo, ya que se basaban en la experiencia de varias generaciones, lo cual requería intentar correlacionar lo ocurrido en un momento con lo ocurrido en otros. Así, con la mejor rigurosidad que podía conseguir, el ser humano siguió intentándolo hasta la actualidad.

Durante el siglo XIX la actividad de medir y predecir el tiempo se acercó al escalón de ciencia, historia que empezó de la mano de Francis Beaufort, creador de la escala homónima que mide la intensidad del viento. Beaufort, un oficial de la marina británica, escribió en su diario de a bordo en 1806 una escala empírica muy simple a la cual luego fue añadiendo criterios (altura de las olas, movimientos de los árboles en tierra, etc.). Antes de esa época, las observaciones carecían de una escala en común, por lo cual era difícil recabar datos objetivos. Tres décadas más tarde, la marina británica adoptó la escala oficialmente, estrenándose en el segundo viaje del HMS Beagle, el navío que llevó a bordo nada menos que al entonces joven naturalista Charles Darwin. En 1850, se adaptó la escala para uso no naval, relacionando los valores con la cantidad de rotaciones de un anemómetro que finalmente resultaría en la velocidad real del viento.

El almirante Robert FitzRoy, discípulo de Beaufort y comandante del HSM Beagle, era un estudioso del tiempo atmosférico y fue quien acuñó el concepto de “pronóstico del tiempo” y fundó la oficina meteorológica británica. FitzRoy propuso un instrumento de medición con el objetivo de pronosticar el tiempo. Era un recipiente de vidrio que contenía una mezcla de agua destilada, etanol, nitrato de potasio, y otros ingredientes, que supuestamente permitía predecir el tiempo según los cambios de apariencia en el líquido. No obstante, experimentos modernos han puesto en duda la exactitud del método, ya que solo logra predicciones correctas en la mitad de los casos, lo cual no es más efectivo que arrojar una moneda.

Durante el mismo siglo, un gran avance se produjo con la llegada del telégrafo en 1835, que permitió enviar información de las condiciones de tiempo entre lugares distantes, obteniéndose también de esa forma datos regionales que ayudaban al pronóstico (por ejemplo: se acerca una tormenta desde tal lugar a cierta velocidad). Para finales del siglo XIX, el envío de datos del tiempo por telégrafo varias veces por día se transformó en una práctica común en distintos países. De hecho, en base a las tecnologías disponibles en la época, en 1861 comenzó a publicarse diariamente el pronóstico del tiempo en el periódico británico The Times.

Quizás el mayor salto tecnológico se haya dado con la llegada de los satélites meteorológicos, de los cuales el primero fue el Vanguard II (1959), que observaba la distribución de las nubes y medía la densidad de la atmósfera. Este satélite fue sucedido por TIROS-I (1960), que tenía cámaras para tomar imágenes y observar patrones atmosféricos y dio comienzo al programa de satélites meteorológicos de la NASA llamado Nimbus (1964).

De esta forma, mediante la recolección de datos atmosféricos como temperatura, presión, humedad y viento, y junto al conocimiento que se fue obteniendo sobre los procesos que ocurren en la Tierra, hemos conseguido resultados mucho más confiables. Aun así, hay fenómenos que todavía no estamos en condiciones de predecir con facilidad, como tornados y diluvios, pero contamos ya con mucha experiencia y mucha tecnología, y es probable que en el futuro podamos acercarnos más a ello.

Sabemos mucho más ahora acerca de cómo ocurren los fenómenos meteorológicos. Los satélites son más sofisticados y pueden medir indirectamente muchas variables, como la temperatura de las nubes y del suelo, el polvo en la atmósfera, la actividad eléctrica, y otras. Sin embargo, aunque el conocimiento y la tecnología aumentan, nunca podremos tener un pronóstico totalmente exacto. La atmósfera es muy caótica (en el sentido científico de la palabra) y por eso los resultados de los modelos matemáticos son variables y no convergen hacia un único “estado del tiempo”. Sumado a eso, es muy costoso computacionalmente modelar los procesos físicos que ocurren (muchas veces se recurre a aproximaciones) y en muchos otros casos todavía no sabamos como pasan algunas cosas.

En la actualidad, el pronóstico del tiempo se basa en la toma de una gran cantidad de datos que se analizan mediante complejos modelos numéricos procesados por computadoras que resuelven con gran detalle ecuaciones de termodinámica y dinámica de fluidos, los cuales son interpretados por especialistas para derivar, finalmente, en la predicción de grandes fenómenos meteorológicos y también en lo que a la mayoría de la gente le interesa para su vida cotidiana: saber qué ropa ponerse a la mañana.

 

Referencias

http://classics.mit.edu/Aristotle/meteorology.mb.txt

http://www.metoffice.gov.uk/guide/weather/marine/beaufort-scale

http://www.bbc.com/news/magazine-32483678

https://en.wikipedia.org/wiki/Storm_glass

http://science.nasa.gov/missions/nimbus

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