La tierra se mueve

La tierra se mueve. Y no nos referimos a la vueltita que da sobre su eje ni al giro anual alrededor del sol. ¿Estuvieron alguna vez en un terremoto? La tierra se mueve, pero no de la misma manera en todos lados. Por ejemplo, si en Santiago de Chile los terremotos son frecuentes, en Buenos Aires son a lo sumo un eco lejano.

El Cinturón de Fuego del Pacífico

El Cinturón de Fuego del Pacífico

¿Dónde ocurren los terremotos? La zona más sísmica del mundo se encuentra en las costas del Pacífico, formando una especie de semicírculo que abarca Indonesia, Japón hacia el norte, y yendo hacia el sur por la costa oeste de América. Esta zona es conocida con el hermoso – y temible – nombre de Cinturón de Fuego, o Anillo de Fuego del Pacífico.

¿Qué es lo que causa que la tierra tiemble de tal manera? Hoy sabemos que la tierra y los mares están sobre enormes placas que se deslizan. A veces estas placas chocan entre sí y se rompen. Esto libera muchísima energía que provoca que el suelo se sacuda con violencia generando los terremotos.

Sabemos que los continentes se mueven. Casi parece evidente ahora, ¿pero cómo se llegó a entender esto? Veremos a continuación la historia de este descubrimiento, haciendo especial énfasis en el fascinante camino mental que construyeron distintos científicos.

La geología, la ciencia joven que estudia lo viejo

El campo de estudio que busca comprender lo que ocurrió en el origen de la Tierra y en su desarrollo a lo largo de los millones de años que pasaron desde ese momento es la geología. A diferencia de otras ciencias, acá no se puede hacer experimentos controlados. No se puede observar qué va pasando a medida que transcurre el tiempo. En realidad, como poder, se puede, pero la escala de tiempo en la que ocurren los grandes eventos de la historia de la Tierra son enormes y exceden con mucho la escala de nuestra vida.

Estas complicaciones no son exclusivas de la geología. En la biología tenemos un ejemplo también: entender cómo evolucionan las especies fue bastante difícil, en parte por los mismos motivos: la gran escala de tiempo, y un mecanismo (en el caso de la evolución es la selección natural) sobre el que no podemos intervenir. El estudio de estos fenómenos es complejo porque, a diferencia de otras áreas científicas, importa la historia de lo que pasó, es decir, importa el orden en el que ocurren las cosas. Por eso, a la geología, la biología evolutiva o la cosmología, por ejemplo, las llamamos ciencias históricas.

Como si estas dificultades fueran pocas, la Tierra es muy compleja y diversa. Medir la carga de un electrón también es difícil, pero una vez que se logró, vale para todos los electrones del universo. En cambio, en el estudio de la Tierra no ocurre lo mismo. Lo que medimos en un lugar del planeta no refleja necesariamente lo que ocurre en otros. Cualquier observación geológica que se realice en un lugar determinado es muy particular y es difícil saber si representa lo que ocurre en otros lugares. ¿Qué tenemos que hacer si queremos realizar observaciones que sean representativas de lo que ocurre en todo el planeta? Para empezar, dos tercios del planeta están cubiertos por océanos, así que tendríamos que hacerlas más que nada… ¿en el suelo del océano? Eso es muy muy lejos y no podemos acceder fácilmente. Por otra parte, las observaciones que podemos hacer en tierra deben ser realizadas a gran profundidad para poder entender qué es lo que está ocurriendo ahí abajo, donde están pasando las cosas geológicamente interesantes. No es para nada sencillo acceder a la tierra profunda. Hacer pozos tan hondos es muy difícil y los “pozos que ya están hechos”, como los volcanes, no son a veces muy amigables.

Como ciencia, la geología es extremadamente nueva. Al lado de ella, la física y la química son viejísimas. Incluso las grandes ideas de la biología se desarrollaron antes que las de la geología, entre los siglos XIX y XX. Podemos decir que el comienzo de la geología moderna ocurrió en el siglo XX, hace solo un siglo, con la llegada de una gran idea: la deriva continental.

La danza de los continentes

¿Qué se pensaba acerca de la forma y ubicación de los continentes en los siglos XVIII y XIX? En esa época ya se había notado que la forma de la costa occidental africana parece encajar bien con la costa oriental sudamericana, como si fueran piezas de un rompecabezas. Estaba bastante instalada la idea de que, mucho tiempo antes, América debía haber estado unida a Europa y África en una especie de enorme continente. Pero, en 1849, el geólogo norteamericano James Dwight Dana planteó que esto no concordaba con las observaciones que había en ese momento de los lechos marinos y los depósitos de sedimentos: los continentes, entonces, debían haber sido siempre como son ahora. Dana era un científico influyente y sus conclusiones eran razonables, dadas las evidencias de las que disponía. Así que esta idea frenó por mucho tiempo la de que los continentes se habían movido.

A principios del siglo XX, algo empezó a cambiar. Alfred Wegener era un geofísico y meteorólogo alemán aunque, en realidad, se había doctorado en astronomía. Tenía una formación completísima en muchas áreas. Realizó importantes aportes a la meteorología, pero no es por ellos que es especialmente recordado, sino por ser quien propuso una idea maravillosa. Wegener notó que no solo las costas de América del Sur y África parecen coincidir en su contorno, sino que hay una continuidad en el tipo de rocas y formaciones geológicas entre esos continentes.

Continuidad de los fósiles

Continuidad de los fósiles

Sumó otras evidencias, como el hecho de que existen fósiles muy similares a un lado y al otro del Océano Atlántico, lo que podía explicarse fácilmente pensando que estos continentes habían estado unidos. El análisis de los fósiles de plantas y animales presentes en una formación rocosa da mucha información acerca del origen de esas rocas. Por ejemplo, si se encuentran fósiles marinos sobre la tierra, esto indica que antes esas rocas estaban bajo el mar. O si en un lugar se encuentran fósiles de reptiles de sangre fría, queda claro que no podían estar antes en los polos, donde estos animales no habrían podido sobrevivir.

Analizando todos estos indicios, Wegener pensó que los continentes ahora separados debieron haber estado unidos previamente. Eso podía explicar la similitud geológica y biológica que se observaba en continentes que ahora eran muy lejanos entre sí. En 1912 propuso entonces la poderosa idea de que los continentes no están fijos sobre el planeta sino que se deslizan sobre una superficie que debería ser líquida. Su interpretación de la evidencia implicaba también que, hace muchísimo tiempo, había un único continente, al que Wegener llamó Pangea que, con el tiempo, se fragmentó dando origen a los distintos continentes actuales, que se fueron moviendo y alejando unos de otros. Wegener dio a conocer esta idea con el nombre de deriva continental.

Alfred Wegener en su expedición a Groenlandia en 1930

Alfred Wegener en su expedición a Groenlandia en 1930

Wegener realizó varias expediciones científicas a Groenlandia y formó parte del primer equipo que logró pasar un invierno allí. Muy aventurero y académico, a lo Indiana Jones, dio clases de meteorología en universidades y escribió varios libros y trabajos fundacionales. Peleó en la Primera Guerra Mundial y fue herido dos veces, lo cual lo tuvo convaleciente bastante tiempo. Aprovechó ese tiempo para pensar sus ideas acerca de la deriva continental y para presentarlas a la comunidad científica en su obra “El origen de los continentes y los océanos“, que publicó en 1915.

En cuanto se recuperó, Wegener volvió a viajar. Su última expedición a Groenlandia fue en 1930. El objetivo era establecer estaciones permanentes para poder estudiar el grosor de la capa de hielo del Ártico y las condiciones del tiempo a lo largo de todo un año. Las cosas no salieron como habían sido planeadas. La comida empezó a escasear, las temperaturas llegaron a -60 °C y tuvieron que ir sacrificando de a uno los perros de trineo para alimentar al resto de los perros. Wegener nunca llegó a destino. Murió a los 50 años, en el hielo, y su tumba se encuentra aún allí.

El problema de las hipótesis que no tienen mecanismos

Volviendo a las ideas de nuestro aventurero, la deriva continental era una hipótesis, muy interesante, claro, y que permitía explicar algunas observaciones. Pero no era, por el momento, más que eso. Lo que le faltaba era un mecanismo que explicara cómo los continentes podrían estar moviéndose. El fondo marino es sólido. Todos lo sabían. ¿Qué podría moverlos? ¿Por qué se moverían así?

La mayoría de los científicos no compartían en ese momento las ideas de Wegener. Ante la misma evidencia de los fósiles, había quienes la interpretaban con la propuesta de que debían haber existido “puentes de tierra” que habían unido los continentes entre sí y por los que era posible que los seres vivos pasaran de uno a otro continente. Aunque como hipótesis era ligeramente plausible, tenía un problema: no había la más mínima evidencia de que esos puentes hubieran existido. Para los científicos que proponían esto, que ahora nos puede parecer descabellado, era algo razonable, especialmente cuando como interpretación alternativa tenían las ideas de Wegener, que les resultaban muchísimo más inverosímiles.

Vemos entonces que no es suficiente disponer de evidencia observacional si no se tiene un mecanismo, porque puede haber varias explicaciones para las mismas observaciones. Mientras que la selección natural es el mecanismo que explica la evolución de las especies, acá tenemos una hipótesis que habla de continentes sólidos y pesados que se desplazan, pero no tenemos ninguna propuesta convincente sobre cómo podrían estar haciéndolo. El problema de la deriva continental no era entonces solamente que no podía ser explicada, sino que era anti-intuitiva.

Incluso aceptando la posibilidad de que el exterior de la Tierra fuera sólido y el interior líquido (y no había evidencias de esto en la época de Wegener), ¿cuál podía ser la fuerza capaz de mover estos enormes fragmentos de corteza terrestre? Este era un problema muy grave que impedía la aceptación de la deriva continental por parte de la comunidad científica. Además, el supuesto movimiento de los continentes no lograba ser observado. De existir, debía ser algo extremadamente lento. ¿Por qué creer que ocurre, si no lo podemos ver?

Los primeros científicos que se animaban a defender la deriva continental solían ser ridiculizados. No es que los científicos como un enorme grupo se negaran a aceptarla por tozudez o por querer defender sus propias ideas (aunque, en algunos casos, esto era exactamente lo que pasaba), sino que parecía una explicación mágica. Había algunas propuestas acerca de cómo podían estar moviéndose los continentes, pero ninguna era lo suficientemente convincente. Además, muchas de las observaciones podían tener varias explicaciones posibles.

¿Cómo seguir a partir de acá?

Imaginar un modelo teórico

Tener un mecanismo que explicara cómo ocurre la deriva continental permitiría, no solo confirmar esta idea, sino predecir y darle sentido a otros fenómenos. ¿Cómo se puede imaginar un mecanismo convincente? No se trata solamente de ser creativos, ni vale cualquier cosa. Hay que ser creativos dentro de un marco de pensamiento coherente con las observaciones e interpretaciones de las que se dispone. Y muchas de las observaciones más importantes, en este tema, recién pudieron hacerse en la segunda mitad del siglo XX.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, aumentó la exploración submarina, tanto por motivos científicos como militares (utilización de submarinos) y comerciales (petróleo). Mejoró la tecnología y se destinó más dinero a este tipo de investigaciones. Todo esto permitió que conociéramos mejor cómo está compuesto el fondo oceánico. Poco a poco, hubo también más y mejores mediciones y observaciones, como las obtenidas con sismógrafos durante terremotos, o las provistas por ciencias amigas de la geología como la meteorología, la oceanografía o la biología evolutiva. En particular, gracias a los sismógrafos se pudo inferir cómo es el interior de la Tierra. También aumentó muchísimo la capacidad computacional de generar modelos matemáticos que simulen lo que ocurre en las profundidades de la Tierra.

Dorsal Mesoatlántica

Dorsal Mesoatlántica

Entre las nuevas evidencias había algunas bastante desconcertantes. Para empezar, en la tierra hay rocas que son tan antiguas como el planeta mismo (algunos miles de millones de años), pero el fondo de los océanos tiene rocas mucho más jóvenes, de solo 200 a 300 millones de años. Y, en las que están debajo de los océanos, algunas son aun más nuevas, como las cercanas a una gigantesca y extensa cordillera que está bajo el agua en el medio del Atlántico, la Dorsal Mesoatlántica. También se observaron diferencias en la acumulación de sedimentos en el lecho marino: cerca de los continentes se acumulan muchos sedimentos, mientras que donde están estas cordilleras submarinas prácticamente no. ¿Cómo interpretar todo esto? Las observaciones no sirven de mucho si no pueden ser interpretadas.

La tectónica de placas

En base a esta nueva serie de evidencias que se sumaban a todas las anteriores, el geólogo y oficial de la marina Henry Hess propuso, en la década del 60, que no son los continentes los que se desplazan sino que estos están sobre fragmentos de corteza terrestre, conocidos como placas, que se desplazan como bloques rígidos sobre una capa más interna de la Tierra: el manto.

6- Pangea_animation_03En esta idea, Pangea seguía siendo el primer super continente. Luego, la corteza terrestre se agrietó, provocando que lava muy caliente, también llamada magma, que provenía del interior del planeta, subiera por las grietas y, al enfriarse, generara las distintas placas. La Dorsal Mesoatlántica es una de estas grietas por las que permanentemente está saliendo magma. Las rocas jóvenes que están cerca de ella son lava que se enfrió y solidificó hace menos tiempo, y las rocas más viejas que están bajo el océano pero más cerca de los continentes son lava que se enfrió antes y ya se desplazó hasta allá. Las rocas más nuevas tuvieron menos tiempo para acumular sedimentos, mientras que las más viejas tuvieron más tiempo. Vemos acá una interacción entre el marco teórico y las observaciones: éstas le proponen desafíos al marco teórico, y éste interpretaciones a las observaciones.

Unas placas empujaron a las otras, incluyendo a las que llevaban continentes sobre ellas. ¿Y debajo de los continentes qué hay? Al chocar con los continentes, las placas se deslizaron debajo de ellos y volvieron a fundirse en lava líquida, interponiéndose entre la corteza terrestre y el manto.

Existen 7 u 8 placas mayores y varias menores

Existen 7 u 8 placas mayores y varias menores

La lava que subió por la Dorsal Mesoatlántica provocó el alejamiento entre las placas de América y las placas sobre las que descansan Europa y África. Con las demás dorsales marinas el fenómeno que ocurrió fue similar, alejando las placas entre sí. Así, las placas tienen tanto corteza continental como corteza oceánica.

Wegener había intuído el alejamiento de los continentes pero recién ahora se sumaba una idea que podía explicar que eran capaces de deslizarse porque por debajo hay lava fundida y líquida y, además, explicaba de dónde provenía la fuerza que los alejaba. Los continentes no se movían a la deriva como creía Wegener. Eran empujados por fuerzas desde las grietas (en el medio del Atlántico, por ejemplo).

La deriva continental había madurado: ya no era solo una hipótesis. La idea de la existencia de placas acomodaba tanto las observaciones más viejas como las más recientes, y además proponía un mecanismo.

El queridísimo y gran paleontólogo y divulgador de la ciencia Stephen Jay Gould, dijo en 1978 algo muy interesante respecto de esta época, de la que participó activamente.

“En el transcurso del período de rechazo casi universal, la evidencia directa en favor de la deriva continental -esto es, los datos recogidos de rocas puestas al descubierto en nuestros continentes- era tan buena como la que existe hoy en día. Era rechazada porque nadie había conseguido imaginar un mecanismo físico que permitiera a los continentes desplazarse a través de lo que parecía ser el sólido suelo oceánico. En ausencia de un mecanismo plausible, la idea de la deriva continental fue rechazada como algo absurdo. Los datos que parecían respaldarla siempre podían ser explicados de alguna manera. Si estas explicaciones parecían demasiado elaboradas o forzadas, no resultaban ni la mitad de improbables que su alternativa -la aceptación de la deriva continental. En el transcurso de los últimos diez años, hemos recogido toda una nueva serie de datos, esta vez del fondo de las cuencas oceánicas. Con estos datos, una gran dosis de imaginación creativa y una mejor comprensión del interior de la Tierra, hemos desarrollado una nueva teoría de la dinámica planetaria. Bajo esta teoría de la tectónica de placas, la deriva continental constituye una consecuencia indiscutible. Los antiguos datos procedentes de las rocas continentales, en tiempos sólidamente rechazados, han sido exhumados y exaltados como prueba concluyente de la deriva.”

Y este párrafo continúa en uno que es clave a nivel epistemológico y metodológico y debería quizás ser de lectura obligatoria para cualquier estudiante de ciencias:

“En mi opinión esta historia es representativa del progreso científico. Los datos nuevos, recolectados por medios antiguos bajo las directrices de teorías antiguas, rara vez llevan a una revisión sustancial del pensamiento. Los hechos no “hablan por sí mismos”; son leídos a la luz de la teoría. El pensamiento creativo, tanto en la ciencia como en las artes, es el motor del cambio. La ciencia es una actividad quintaesencialmente humana, no una acumulación mecanizada y robotizada de información objetiva que lleva, por las leyes de la lógica, a interpretaciones indiscutibles.”

Volviendo a nuestra historia del origen de los continentes, estamos entonces ante un modelo teórico que puede explicarlo. Este complejo modelo teórico es conocido como tectónica de placas. Cuando se propuso esto en la década del 60, todavía había otros posibles modelos que podían acomodar las mismas evidencias pero bajo distintas interpretaciones. Sin embargo, con el tiempo fueron surgiendo nuevas observaciones que los fueron volviendo incompatibles. Uno de los golpes finales que destruyó los modelos alternativos al de la tectónica de placas fue el descubrimiento de que, cuando se forman rocas nuevas a partir de la lava que se endurece, el material magnético que contiene se alinea con el campo magnético terrestre. No se sabe bien cómo ocurre, pero sabemos que los polos norte y sur magnéticos del planeta se invierten cada varios millones de años: el norte magnético se hace sur, y el sur se hace norte. No es algo que ocurra muy seguido en términos humanos, pero sí en bastante frecuente desde el punto de vista del desarrollo del planeta. Pero, una vez que una roca se endureció, la dirección de sus polos magnéticos ya no puede cambiar. A esto se lo conoce como fósiles magnéticos y hay toda un área de la ciencia que estudia las propiedades magnéticas antiguas de la Tierra: el paleomagnetismo. Así, estudiar la orientación magnética de las rocas nos proporciona una especie de reloj que nos permite datar rocas, de manera similar a la datación por carbono 14 que hacemos con los fósiles de los seres vivos.

El magma sale continuamente por las dorsales marinas y el material es desplazado hacia los lados, formando las placas

El magma sale continuamente por las dorsales marinas y el material es desplazado hacia los lados, formando las placas

Lo interesante de estos fósiles magnéticos es que, cuando vemos los patrones de inversión magnética de las rocas a un lado de las dorsales submarinas, encontramos imágenes especulares del otro lado. La interpretación más sencilla de este fenómeno es que las rocas se formaron al mismo tiempo en el lugar de la grieta y luego se fueron yendo hacia ambos lados y fueron quedando en placas opuestas y alejándose con ellas.

La idea de las placas tectónicas explicaba el movimiento de los continentes. Las evidencias quedaban contenidas en ella, formando un gran cuerpo de conocimiento con coherencia interna.

La teoría de la tectónica de placas hoy en día

Hoy sabemos que Pangea, el primer continente, comenzó a fragmentarse hace unos 200 millones de años formando dos continentes: Laurasia y Gondwana. Laurasia dio luego lugar a lo que hoy es Asia, Europa y América del Norte, mientras que de Gondwana provienen África, América del Sur, India, Australia y Antártida. Los continentes siguen moviéndose muy lentamente, a unos 2-3 cm por año. Este movimiento es imperceptible para nosotros, pero hoy puede medirse con precisión y exactitud gracias a láseres presentes en satélites y en la Luna.

La tectónica de placas no solo acomoda las observaciones que llevaron a Wegener a proponer la deriva continental, sino que incluye y explica las observaciones que seguimos haciendo. Por ejemplo, cuando India se separó de Gondwana y empezó a moverse hacia el norte, chocó con Asia, y esto provocó un levantamiento enorme de rocas que estaban en el mar. Así nació la cordillera del Himalaya y es por eso que en esas altísimas montañas vemos fósiles marinos. La Antártida estaba mucho más al norte que ahora. Lo sabemos porque tiene fósiles de plantas y animales de clima tropical. Hace solo unos 30 millones de años fue desplazándose hacia el sur y desarrolló su gran capa de hielo. También nos permite entender por qué los bordes entre las placas tienen las zonas más sísmicamente activas, con temblores y terremotos, y por qué hay volcanes, montañas, cordilleras y, bajo el agua, dorsales marinas en las que surge permanentemente nuevo material y fosas oceánicas en las que el material vuelve a hundirse en las capas más profundas de la Tierra.

La tectónica de placas permite además predecir qué esperamos observar antes de hacer nuevas observaciones, y estas predicciones se cumplen. Es un cuerpo de conocimiento extremadamente fuerte y es ya casi imposible imaginar que pueda ser destronada, porque sus planteos principales son muy sólidos. La ciencia nunca está terminada y siempre quedan preguntas por responder, lo que hace que las ideas sigan siendo pulidas permanentemente por nuevas evidencias e interpretaciones. Para la tectónica de placas, por ejemplo, todavía no tenemos respuestas claras para el problema de cómo se originan exactamente las enormes fuerzas que mueven a las placas, y esto está siendo investigado actualmente.

En 1962, Hess propuso oficialmente la teoría de la tectónica de placas. Había nacido una nueva teoría científica. Una vez que la propuso, su aceptación fue muy rápida, a diferencia de lo que había ocurrido con las ideas de Wegener antes de que fueran reinterpretadas bajo la tectónica de placas. El consenso científico a su favor se volvió enorme y se logró en muy pocos años.

En las ciencias históricas como la geología, el camino que recorren las teorías es distinto de otros casos. En las ciencias más típicamente experimentales y que suelen estudiar mecanismos funcionales y no históricos, podemos diseñar experimentos para poner a prueba las teorías. Podemos decir “si la teoría fuera cierta entonces, si hago este experimento, espero observar este resultado”. Y así vamos confirmando, o no, las distintas teorías. En estos casos, el foco es ver si la teoría permite predecir lo que ocurrirá en determinadas circunstancias. En cambio, en las ciencias históricas, podemos pensar que “si la teoría fuera cierta entonces debe haber pasado esto, y entonces yo debería observar esto o aquello”. Son hipótesis basadas en observaciones, y que pueden ser puestas a prueba con nuevas observaciones. Pero, en este caso, puede pasar bastante tiempo entre que se piensa eso y se puede efectivamente observar o medir lo que se busca. Pasó algo así en la historia del descubrimiento del Big Bang: había una predicción de que, si el Universo efectivamente se había originado por una gran explosión, entonces debería observarse una radiación de fondo. Un día, esa radiación fue detectada.

Alfred Wegener cruzando un glaciar en su expedición fatal a Groenlandia en 1930

Alfred Wegener cruzando un glaciar en su expedición fatal a Groenlandia en 1930

Además, esta revolución metodológica de las ciencias históricas que, de algún modo, había comenzado con Darwin y su teoría de la evolución, hasta bien entrado el siglo XX todavía tenía fuertes críticas por parte de científicos que no aceptaban que en el caso de las ciencias históricas no aplican los mismos criterios que en las ciencias que estudian procesos y funciones. Por todo esto, tener un mecanismo es tan importante para que una teoría se fortalezca, y especialmente indispensable en el caso de una ciencia histórica.

La teoría científica de la tectónica de placas y deriva continental se suma entonces al selecto podio de otras grandes teorías como la de la evolución, la teoría celular, la teoría cinética de los gases o la teoría atómica. Hess llegó a ella gracias al trabajo de muchos otros investigadores que provenían de distintas ramas de la ciencia, lo que evidencia un trabajo colaborativo maravilloso.

Gracias, Wegener, por el puntapié inicial.

Referencias

– “The Validation of Continental Drift”. Stephen Jay Gould. Artículo publicado en su libro “Ever since Darwin”. http://earthweb.ess.washington.edu/creager/ess202/continental_drift.htm (en español en http://evolucionbiologica-apuntes.blogspot.com.ar/2015/02/la-validacion-de-la-deriva-continental.html)

– “Just a Theory – Exploring the nature of science”. Moti Ben-Ari. Prometheus Books, 2005

– Alfred Wegener: https://en.wikipedia.org/wiki/Alfred_Wegener

– Plate tectonics: https://en.wikipedia.org/wiki/Plate_tectonics#Development_of_the_theory

– “The growth of Biological Thought”. Ernst Mayr. Belknap Harvard University Press, 1982

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2 comentarios en “La tierra se mueve

  1. Pingback: Explorando los océanos | Cómo Sabemos

  2. Fantástico. No tenía idea de que la tectónica de placas fuera tan reciente. Nació unos años antes que yo pero siempre la tuve asumida. Afortunadamente, el consenso llegó más rápido que en varias de las otras teorias que mencionás. Gracias por el artículo.

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