Médicos no eran los de antes

En la época de los elixires y emplastos

Homúnculos en el esperma. Hartsoeker, 1694

Homúnculos en el esperma. Hartsoeker, 1694

Cuando miramos el pasado con nuestros ojos actuales, a veces nos da ternura ver lo poco que se sabía antes, particularmente en áreas que hoy llamaríamos científicas. En algún momento se pensaba que la Tierra era plana, que en la reproducción humana el semen del hombre llevaba pequeños hombrecitos miniatura (homúnculos) y la mujer lo único que aportaba era un ambiente en el que estos podían desarrollarse, o que había cuatro elementos esenciales (agua, tierra, fuego y aire, como en Avatar, la leyenda de Aang). ¡Qué inocencia!, ¿no? Pero no vale mirar para atrás desde nuestros sofás, tomando un té, y sabiendo todo lo que sabemos ahora. Después de todo, a partir de todas esas ideas equivocadas, notando que no lograban explicar muchas cosas, los seres humanos fuimos logrando generar ideas más acordes a lo que ocurre en el mundo real. Fuimos logrando eso gracias a haber descubierto (¿o inventado?) una serie de herramientas para hacerle preguntas al universo y obtener sus respuestas: la ciencia. Algunas de esas herramientas son los experimentos, las observaciones o la generación de modelos teóricos y teorías y, gracias a ellas, podemos conseguir e interpretar las evidencias que nos van ayudando a entender el mundo que nos rodea.

Aang y los cuatro elementos

Aang y los cuatro elementos

Las disciplinas que hoy reconocemos más típicamente como ciencia (física, química, biología, geología, astronomía y tantas otras) hicieron ese cambio. De versiones “preliminares” fuimos pasando a otras, ahora sí basadas en la evidencia. De la alquimia pasamos a la química. Del modelo geocéntrico pasamos a entender a la Tierra como uno más de los varios planetas que giran alrededor del Sol, nuestra estrella y, ahora, a entender a nuestro Sistema Solar como uno más dentro de nuestra galaxia, que no es más que una más en este Universo que comenzó con un Big Bang y sigue expandiéndose.

¿Y la medicina? La medicina también hizo un recorrido similar, desde una versión muy ligada a tradiciones, a una basada en evidencias. ¿De qué evidencias hablamos? De evidencias de que efectivamente es mejor un tratamiento que otro, o de que un medicamento realmente funciona para tratar determinada enfermedad. Cuando hoy vamos a una farmacia, los medicamentos que vemos en los estantes fueron previamente evaluados y se vio que funcionan. Además de la evidencia concreta de que ayudan a curar una determinada enfermedad, en muchos casos también entendemos químicamente qué hacen en el cuerpo, y se evidencia una coherencia entre distintos campos del conocimiento como la química, la biología y la medicina. Además de las pruebas concretas de que los medicamentos o tratamientos funcionan, hay además toda una regulación alrededor de la producción, venta y aplicación de estos medicamentos.

Pero la medicina de antes, y hasta no hace mucho, era básicamente un peligro. No había ningún tipo de regulación y no se evaluaba si los tratamientos funcionaban o no. Se tendía a hacer lo que se venía haciendo, y no mucho más. Los médicos eran hombres (siempre hombres) que recibían ese “saber” siendo discípulos de maestros que les transferían sus costumbres de manera generalmente oculta. Cada maestro era una escuela en sí misma. No existía LA medicina. No había una unidad teórica y práctica alrededor de lo que implicaba intentar sanar a un enfermo. No se entendía tampoco lo básico del funcionamiento del cuerpo humano, así que menos aún se sabía cómo arreglarlo cuando se rompía.

Desde Hipócrates y hasta mediados del siglo XIX, se creía que había cuatro humores (sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla) y que la enfermedad era la manifestación de un desequilibrio entre ellos. Los médicos usaban elixires y emplastos, realizaban sangrías que pretendían sacar del cuerpo la “sangre envenenada” pero no hacían más que dañar más al enfermo. Sin ir más lejos, hoy se cree que George Washington, el primer presidente de Estados Unidos, murió debido a la atención de sus médicos, los mejores del país que, pretendiendo curarlo de una enfermedad no muy grave, llegaron a sacarle la mitad de su sangre en un día.

La lección de Anatomía. Rembrandt, 1631

La lección de Anatomía. Rembrandt, 1631

Pero más allá de las anécdotas, ¿los médicos eran efectivamente capaces de curar enfermos? En general no. No solo eso, sino que, según estimaciones actuales, era más peligroso ser atendido por un médico que no serlo. Dejemos esto en claro: si alguien que había visto a un médico se curaba, muy probablemente era a pesar de él y no gracias a él. Las mujeres que parían en Viena a mediados del siglo XIX morían más cuando eran atendidas por médicos que cuando no llegaban al hospital y debían dar a luz en sus casas o en la calle. Quien descubrió esto fue Semmelweis, el médico al que muy posiblemente le debemos el nacimiento de la medicina basada en evidencias al demostrar que era necesario que los médicos se lavaran las manos entre que realizaban autopsias a los muertos e iban a ayudar a las mujeres a dar a luz.

¿Estos “médicos” de antes buscaban engañar? Algunos seguramente sí. Otros no. Parece todo charlatanería, pero no había distinción entre esto y la medicina: era una época en la que toda la medicina era en un punto charlatanería. Pero, como decíamos antes, no vale mirar esa medicina de antes socarronamente. Esos médicos no sabían lo que hacían. ¿Cómo podrían haberlo sabido? Para eso tendrían que haber sido capaces de entender que debían medir si un tratamiento estaba curando o no. Tendrían que haberse dado cuenta de que necesitaban, por ejemplo, comparar cuánto se curaban dos grupos de personas: uno al que le hicieran el tratamiento y uno al que no. Y ese entendimiento aún no existía. Es una novedad de nuestros tiempos.

En la época de la ciencia y la tecnología

Hoy entendemos mucho mejor cómo funciona el cuerpo humano, tenemos tecnología que nos permite ver los órganos internos de una persona sin abrirla, podemos medir concentraciones de distintas moléculas o células de la sangre, tenemos medicamentos y tratamientos que demostraron funcionar en ensayos controlados y aleatorizados. No solo podemos tratar a los enfermos de manera más efectiva, sino que entendemos tanto del cuerpo humano y tenemos tanta tecnología que podemos apuntar a prevenir enfermedades, a evitarlas directamente y no solo a intentar curarlas. En este sentido, las medidas más efectivas son muy sencillas y accesibles para la mayor parte de los habitantes de los países más desarrollados: el lavado de manos y la higiene en general, la vacunación, los cuidados de no abusar del consumo de sal o de azúcar refinada, el hacer ejercicio moderado con frecuencia o el uso de protectores solares para prevenir el cáncer de piel, por dar algunos ejemplos.

Esta es la medicina de ahora, la medicina basada en evidencias. ¿Puede fallar? Por supuesto. Hay enfermedades que no sabemos cómo curar y otras que posiblemente nunca tengan cura. También es cierto que los médicos son gente, y a veces toman decisiones equivocadas, como todo el mundo. Y, aunque las regulaciones existan, también hay equívocos y corrupción, como en todos lados. Pero, más allá de esto, la medicina de hoy es la mejor en toda la historia de la humanidad. Por lejos. Y no hace tanto tiempo que es así. Esta revolución pasó en los últimos doscientos años.

Sin embargo, no todos ven las cosas de este modo. Hay quienes hablan hoy de “otra” medicina. Distinguen entre la medicina tradicional (la basada en evidencias) y otra bien distinta, que pretende tratar al cuerpo con una mirada más amplia: la medicina alternativa, la complementaria, la integrativa.

homeopatia¿Qué prácticas suelen considerarse parte de la medicina alternativa? La homeopatía, la quiropraxia, el reiki, la acupuntura, la medicina ayurvédica, la naturopatía, la reflexología, la iridología, y muchas otras. ¿Y por qué estas prácticas no forman parte de la medicina, y ya? La respuesta es muy sencilla, pero no muy popular entre quienes las ejercen o las reciben: no son consideradas medicina porque, o se demostró que no funcionan, o no hay evidencias de que funcionan.

La homeopatía es un gran ejemplo: consiste en administrar “medicamentos” que son diluciones tan extremas de un compuesto, que no queda ni una molécula de él en el preparado final. Ya sabemos que la homeopatía no funciona. Y sabemos esto porque, en muchísimas pruebas controladas y aleatorizadas, realizadas con muchísima gente, no se vio que cure más que un placebo. Todas nuestras evidencias nos muestran también que, al tomar un medicamento o ingerir un veneno, los efectos dependen de las dosis. Tomar 400 mg de ibuprofeno cura más el dolor de cabeza que 200 mg. Sin embargo, los homeópatas sostienen que, cuanto más diluido está el compuesto, más efectivo es, contradiciendo así todo lo que sabemos.

El caso de la homeopatía es clarísimo: ya sabemos que no funciona. Las otras prácticas alternativas mencionadas más arriba pertenecen también a este grupo, o al grupo de las que no sabemos si funcionan o no. En el caso de estas últimas, no lo sabemos porque no se realizaron estudios para averiguarlo o, los que se hicieron, no son confiables desde el lado metodológico. Lo que sí tienen en común todas estos exponentes de la medicina alternativa es que no están avaladas por evidencias. Como no “son” medicina, estas prácticas no están generalmente reguladas: los “medicamentos” se preparan y comercializan sin control gubernamental y los supuestos sanadores operan también sin control.

Además, la medicina alternativa no está exenta de los mismos problemas que podemos encontrar en la medicina tradicional: errores, corrupción, malas decisiones. Pero, si no funcionan, no están reguladas, y tampoco pueden protegernos de “malos profesionales”, ¿por qué tanta gente las sigue practicando?  Es más, ¿por qué gente que consideramos muy inteligente las defiende y recomienda? Muchos acuden a la medicina alternativa luego de decepcionarse con la medicina tradicional, y esto es un problema, porque es cierto que la medicina no tiene siempre una solución y que los médicos no son siempre buenos profesionales. Otros sostienen que no saben si con estas prácticas lograrán curarse, pero quieren intentarlo por si acaso, para tener la sensación de que hicieron todo lo posible. Intentan con la medicina alternativa porque, después de todo, ¿qué mal pueden hacer? Pero sí, pueden hacer daño, y mucho.

Hay muchos ejemplos de personas que dejaron tratamientos contra el cáncer o el HIV en pos de falsas promesas de curación con terapias alternativas. Un joven español con cáncer abandonó su tratamiento contra la leucemia siguiendo los consejos de un curandero. Este joven murió, y hoy su padre está buscando justicia contra el curandero. Los quiroprácticos supuestamente curan enfermedades acomodando columnas vertebrales. Estos “profesionales” ni siquiera son médicos, no fueron a la universidad. Sin embargo, muchos padres llevan sus bebés a quiroprácticos, que les tocan sus delicadas vértebras con el supuesto objetivo de curar los cólicos. ¿Por qué hay gente que se arriesga y expone así a sus bebés? Steve Jobs fundó Apple y otras compañías, y se volvió multimillonario. Era un hombre sin duda muy inteligente que, cuando enfermó de cáncer de páncreas, podría haber tenido acceso a la mejor medicina del mundo y, quizás, podría haberse salvado. Sin embargo, prefirió confiar en terapias alternativas (hizo unas dietas especiales) que probablemente, debido a que lo alejaron de tratamientos potencialmente efectivos, redundaron en acelerar su muerte. Hay quienes gastan todos sus ahorros para viajar a China a realizarse tratamientos con células madre, que no tienen eficacia comprobada.

¿Por qué tendríamos una medicina alternativa? Nadie propone que haya una física o una química alternativas. Nadie se subiría a un avión en el que el piloto sostuviera que la gravedad no existe. Sin embargo, la medicina alternativa existe y está muy difundida. No estamos hablando de unos pocos crédulos que caen en esto. En 2001, la NSF hizo una encuesta acerca de la medicina alternativa en Estados Unidos y un 88 % de las personas dijeron que “hay buenas maneras de tratar la enfermedad que la ciencia médica no reconoce”. Incluso muchísimos médicos profesionales, que estudiaron en universidades y practican la medicina “tradicional”, concuerdan con esta postura. Hay gobiernos que ofrecen prácticas alternativas de la medicina en el contexto de la salud pública. Y, enfaticemos, hacen esto sin tener ninguna evidencia de que funcionen, o directamente ignorando la evidencia existente que muestra que no funcionan.

Al final, ante la ausencia de evidencias que la sustenten, la medicina alternativa se parece mucho a la charlatanería de antes, a lo que se consideraba medicina antes de que aprendiéramos a validarla científicamente. Pero ya no tenemos las excusas que podíamos usar con esa medicina de sangrías y brebajes. Hoy ya sabemos cómo averiguar si algo en medicina funciona o no, y ya entendemos muchísimo el funcionamiento de un cuerpo sano y qué le ocurre cuando enferma. Esta situación de ahora es entonces muy distinta a la de los “médicos” de antes que creían en los cuatro humores. Cuando acudimos o practicamos hoy estas terapias alternativas, estamos dándole la espalda a todas las herramientas metodológicas que nos da la ciencia. Estamos eligiendo la ignorancia. ¿Por qué? ¿Por qué caemos en esto? ¿Por qué creemos en esto?

Malditos cerebros que piensan mal

¿A quién culpar en todo esto? Y acá las cosas se ponen complicadas, porque los culpables no son más que nuestros cerebros, esos cerebros a los que queremos y cuidamos tanto, pero que se equivocan tan seguido. Pensamos mal. Nuestros cerebros hacen lo mejor que pueden con la información que tienen. Podemos entrenarnos en pensar mejor, pero es difícil. Después de todo, posiblemente todos creemos en mayor o menor medida en algo irracional.

A continuación, una pequeña lista, que no pretende ser exhaustiva, de nuestros errores de pensamiento que posiblemente están influyendo en que caigamos en prácticas alternativas de la medicina.

  1. Post hoc ergo propter hoc: esta falacia es la que nos lleva a atribuir una relación de causa y consecuencia a dos eventos que ocurren uno justo después de otro. Para los fumadores, un ejemplo sería que prender un cigarrillo esperando el colectivo en una parada hace que el colectivo venga. En un ejemplo más médico, que tomar frío hace que nos resfriemos.
  2. Confirmation bias o sesgo de confirmación: cuando creemos en algo, tendemos a registrar más fácilmente los ejemplos que apoyan nuestra creencia previa, e ignoramos aquellos que la contradicen. Quienes acuden a las terapias alternativas de la medicina, suelen ignorar las veces en las que no “funcionan” y destacan las situaciones en las que se sintieron mejor luego de usarlas (que posiblemente sean casos de post hoc). En el sesgo de confirmación vemos mucho uso de anécdotas, a las que se les suele dar más peso que a las evidencias científicas. Es el “a mí me funcionó”.
  3. Argumento de antigüedad: este es muy común en el caso de la medicina oriental. Muchas evidencias muestran que la acupuntura no funciona pero, ¿cómo podría no funcionar si los chinos la vienen usando hace tantos años? Sin embargo, la gente puede estar equivocada durante siglos, especialmente si le dan más peso a las tradiciones que a las evidencias científicas. No todo lo viejo es bueno. Sin embargo, el caso de la medicina oriental tampoco es igual al de la homeopatía. Tiene inevitablemente una base algo más empírica.
  4. Argumento de autoridad: este es un arma de doble filo. Por un lado, necesitamos confiar en los expertos. En el caso de la ciencia, le creemos a las evidencias y, transitivamente, a los expertos que tienen en cuenta esas evidencias en sus afirmaciones. Pero no deberíamos creerle a una persona cualquiera de guardapolvo blanco, actitud confiada y autodenominado “experto”, que nos dice que descubrió que beber pis cura el cáncer y que el motivo por el cual eso no se dice es que hay un complot de las empresas farmacéuticas. El problema es que, cuando hay estados que no penalizan las prácticas alternativas o que incluso las promueven, esto es más difícil, porque un estado es una “autoridad”. Algo similar ocurre con los famosos que nos cuentan en las revistas de moda sus dietas o estrategias para estar saludables y hermosos.
  5. Falacia naturalista: Es la idea de que lo “natural” es más saludable que lo “artificial”, en donde natural sería algo muy parecido a como está en la naturaleza (por ejemplo, el machacado de una planta que se usa para curar alguna dolencia) y lo artificial algo que fue hecho por una empresa en una fábrica (un medicamento en comprimidos, con fecha de vencimiento y regulaciones varias). Pero, aunque existen algunas plantas con efecto terapéutico (así se descubrieron muchos de los principios activos de nuestros medicamentos actuales), es mucho más confiable y saludable un comprimido que, a diferencia de un machacado de planta, tiene una dosis concreta y reproducible de un principio activo, excipientes declarados e inocuos, ensayos aleatorizados y controlados que mostraron su eficacia y seguridad en humanos, regulaciones que controlan su fabricación y distribución, etc.

Es muy pero muy difícil no caer en estas trampas del pensamiento. Pero, si las reconocemos y humildemente aceptamos que pueden estar nublando nuestro juicio, seguramente podremos tomar mejores decisiones en cuanto a nuestra salud. Aprovechemos que inventamos la ciencia, esa herramienta que nos permite combatir nuestro sentido común, que tantas veces se equivoca. La ciencia nos permite ver las cosas de un modo distinto al que las miraríamos si nos dejáramos llevar por lo que nuestros cerebritos hacen naturalmente.

Para terminar, dejamos acá este excelente video de Tim Minchin, Storm, que habla justamente de este tema y tiene un final bellísimo.

“¿Sabés cómo le dicen a la medicina alternativa que se probó que funciona? Medicina.”

Referencias

Complementary and Integrative Medicine: https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/complementaryandintegrativemedicine.html

– You are not so smart, episode 17: Alternative Medicine: https://youarenotsosmart.com/2014/02/03/yanss-podcast-017-tim-farley-explains-the-potential-harm-in-relying-on-alternative-medicine/

– Humorism: https://en.wikipedia.org/wiki/Humorism

 

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2 comentarios en “Médicos no eran los de antes

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