Respuesta a una pandemia: el miedo es inevitable, el pánico es opcional

Hace pocos días, en Argentina se diagnosticó un caso de sarampión en una beba menor de un año y, por lo tanto, aún muy pequeña para haber recibido la vacuna correspondiente. Sabemos que las vacunas previenen enfermedades, que gracias a ellas muchas enfermedades casi ya no se ven, y que vacunarnos nos beneficia a nosotros y también a los que no pueden vacunarse. Esto último ocurre con las enfermedades que se contagian de persona a persona: si muchos estamos vacunados, el agente infeccioso no puede “pasar” a través de nosotros, y así no solo nos protegemos a nosotros mismos sino que impedimos que llegue a esas personas que por su edad, o por razones médicas, no deben ser vacunados. Que esta bebé se haya enfermado implica que esa protección de la comunidad falló. Cuantas más personas no vacunadas haya en un lugar, más probable es el contagio. 

Como en Argentina la cobertura de vacunación es bastante alta y, en este caso, se actuó rápidamente para aislar a los contactos, es muy poco probable que se desencadene un brote de la enfermedad. Pero si no es ahora, podría ser pronto: hay muchos casos de sarampión en América y en Europa y se trata de una enfermedad tremendamente contagiosa que circula rápido. Y si no es el sarampión, puede ser otra enfermedad infectocontagiosa.

En este contexto, lo mejor que podemos hacer es prepararnos lo mejor posible, porque si no se corre el riesgo de que se desencadenen dos epidemias: la de sarampión y la del pánico descontrolado.

Para impedir la epidemia de la enfermedad, cada uno de nosotros puede hacer cosas muy concretas: revisar que nosotros y nuestras familias hayamos sido vacunados, consultar con nuestros médicos cualquier duda que podamos tener sobre el tema, y acudir al médico con urgencia si sospechamos que podríamos estar enfermos. De parte del Estado, se debe asegurar una provisión adecuada de vacunas a lo largo y ancho de todo el país.

Pero tenemos la otra posible epidemia, la epidemia del pánico que no ayuda, que en una especie de caza de brujas busca culpables externos (inmigrantes no vacunados) o internos (“fanáticos” con posturas antivacunas) en vez de tomar las medidas adecuadas que, a veces, implican que aceptemos que cada uno de nosotros puede ser un poco responsable. Si hay vacunas que no nos fueron aplicadas, averigüemos y vayamos a que nos las den. Pero con calma y sin atiborrarnos en vacunatorios.

Para evitar este pánico, es esencial una buena comunicación. Tratemos de informarnos a partir de fuentes confiables, no difundamos información dudosa que apunta a conspiraciones. Por parte del Estado, esperemos que haya una comunicación adecuada, informativa y clara, que colabore con ayudarnos a ocuparnos, y no a preocuparnos de manera irracional. En cuanto a los medios de comunicación, ojalá informen con tranquilidad y profesionalismo, y puedan sumarse en no contribuir con generar un miedo descontrolado.

En cuanto a los “movimientos antivacunas“, es cierto que en Argentina hay personas que “militan la no vacunación”. Son muy pocas personas, muy convencidas, y a las que muy posiblemente no logremos convencer con los argumentos que a nosotros nos parecen claros e inapelables. Pero son muy pocos. Extremadamente pocos. El discurso enardecido de esos pocos suele impactar en otras personas, un grupo ya más grande que, al escuchar la “postura antivacunas” empieza a dudar. Estas personas tienen miedos genuinos, dudas, y suelen sentirse confundidas respecto de qué es lo mejor para sus hijos. Necesitamos llegar a estas personas, para ver si podemos entender mejor lo que les pasa, llevarles tranquilidad y, ojalá, lograr que vacunen a sus hijos. Pero a cada uno le pasa algo distinto, y englobarlos en un estereotipo de “fanáticos antivacunas” es lo peor que podemos hacer. Por eso, posiblemente es un error seguir discutiendo en los medios acerca de los movimientos antivacunas. Las personas que sostienen estas ideas son ruidosas, sin duda tienen responsabilidad en el resurgimiento de enfermedades, pero hablar de ellos les da mucha difusión, y como resultado cada vez son más. Al mismo tiempo, hablar de ellos hace que en comentarios de diarios, o en las redes sociales, la discusión se polarice aún más. Estos son aspectos que al comunicar debemos tener en cuenta. Las personas con dudas genuinas se sienten obligadas socialmente a “tomar partido”, y muchas veces se moverán hacia una postura más “antivacunas”. Cada vez que en redes sociales o similar se ataca violentamente a los que no vacunan como si todos fueran unos psicópatas ignorantes, sepamos que eso fortalece la postura antivacunas de los más extremos, y nos hace perder a la gente más moderada.

Por eso, cada vez que comunicamos en este tema o temas similares, no se trata de nosotros y nuestros argumentos. Se trata de comunicar de manera efectiva. En este caso, para que haya menos personas con miedo, y más personas vacunadas.

En relación con esta idea de las “dos epidemias”, la de la enfermedad y la del pánico, hace poco se publicó un artículo muy breve en The Lancet Global Health Blog.

A continuación, se reproduce de manera completa el artículo original publicado por Chris Simms el 28 de marzo de 2018. Chris Simms es un Profesor Asistente en la School of Health Administration, Dalhousie University, Halifax, NS, Canada.

Respuesta a una pandemia: el miedo es inevitable, el pánico es opcional

gripe española

El cuidado de las víctimas de gripe, 1919 – Cruz Roja

La investigación muestra que, cuando ocurren cosas malas, el pensamiento racional y la comunicación típicamente dan lugar a lo irracional; parecemos programados para culpar a otros y, a veces, para asignar intencionalidad. Cuando la pandemia de gripe de 1918 se extendió en un mundo en guerra, las naciones que combatían rápidamente se culparon entre sí, citando trincheras escuálidas, campamentos médicos desbordados, transporte de tropas y puntos de escala que no eran higiénicos — factores que a menudo aplican tanto a los acusadores como a los acusados. A nivel local, el enemigo interno era a menudo acusado — espías, inmigrantes, trabajadores migratorios, o simplemente aquellos identificados por su “otredad”. Cien años después, ¿cambió algo?

En realidad, la superposición de muchos factores alimentaron la pandemia de 1918, incluyendo el momento (fue junto con la guerra), la susceptibilidad particular de los adultos jóvenes (la edad de los soldados) al virus, el contacto prolongado entre personas en los cuarteles, ambientes húmedos infestados de gérmenes y, también, las redes de transporte entre continentes y países. Los mapas de datos y las visualizaciones de la pandemia ayudan a mostrar sus múltiples vías interconectadas y cómo circunnavegaron el planeta cinco veces en 18 meses, matando a un estimado de 50 millones de personas.

En 1918, muchos países respondieron a la pandemia censurando noticias con el objetivo de evitar desmoralizar a la población en una época de guerra. En vez de una comunicación adecuada, transparente y dirigida al público, y de la definición de medidas de salud, en muchos casos (aunque no en todos), los oficiales gubernamentales negaron o subestimaron la pandemia y le dieron al público una falsa seguridad — repitiendo expresiones como “no hay razón para alarmarse” o “el miedo mata más que la enfermedad”. La desconexión entre estos mensajes y lo que se veía, como los carros de caballos que retiraban los cadáveres de las calles (en Filadelfia murieron 786 en un solo día, y 12.000 en 6 semanas), logró transformar una epidemia de miedo en una de terror y pánico. Según la Cruz Roja, esto recordó a la Peste Negra de la Edad Media.

Hace tres décadas, Jonathan Mann describió la crisis del VIH/SIDA como una que consistía en dos epidemias: la epidemia en sí misma, y la reacción a ella, esta última caracterizada por el reemplazo de la comunicación basada en evidencias y en la ciencia por  miedo y culpa. La pandemia de gripe de 1918 tiene lecciones para ofrecer en relación con las dos “epidemias”, incluyendo aquélla (o especialmente aquélla) en la que la epidemia es exagerada o en algunos casos inexistente, o sea, donde el contagio es principalmente por miedo o pánico. Por ejemplo, después del brote de gripe porcina en 1976 en Fort Dix, Estados Unidos, se lanzó el Programa Nacional de Inmunizaciones con el objetivo de vacunar a “cada hombre, mujer y niño” (según el presidente norteamericano que buscaba ser reelecto). Se consideraba que el Programa Nacional de Inmunizaciones estaba motivado por la política más que por la ciencia y que no estaba dirigido por “comunicación efectiva hecha por personas científicamente calificadas” — lo que redundó en sumir a la nación en miedo. Luego de que 40 millones de personas hubieran sido inmunizadas, de que no se detectaran casos fuera de Fort Dix, y de que hubiera habido una sola muerte y 13 hospitalizaciones, el Programa Nacional de Inmunizaciones fue abandonado y declarado un desastre.

De manera similar, la pandemia de Ébola (2014) causó pánico a lo largo de todo el planeta. En Estados Unidos, los funcionarios de salud pública se encontraron peleando no tanto una epidemia de la enfermedad (solo se observaron cuatro casos y una muerte, comparados con las más de 11.000 muertes en África occidental), sino más bien un contagio de miedo que llevó a la histeria. La búsqueda de culpables externos (gobiernos africanos, agencias de salud, proveedores de asistencia médica, e incluso víctimas) por parte de los medios de comunicación de Estados Unidos, al mismo tiempo avivó el miedo hacia el interior. Otra vez, el análisis del riesgo y de la comunicación muestra que lo que hacía falta, y no había, era “información completa, transparente y sencilla de comprender acerca de los riesgos y el grado de incerteza científica que había”.

Entre la gripe porcina y el Ébola estuvo, por supuesto, el síndrome respiratorio agudo y grave (SARS) de 2003, que causó una ola de respuestas irracionales y en la que el miedo se dispersó más rápido incluso que la enfermedad, interfiriendo con el comercio, los viajes y el turismo en muchos países. Esto llevó al desarrollo de las Regulaciones Internacionales de Salud (IHR), evaluado primero con la pandemia H1N1 de 2009 que también condujo al pánico y la histeria de masas en muchos países.  Aunque la OMS buscó explícitamente evitar el pánico por medio de respuestas cuidadas, eso en cierto sentido fomentó la ansiedad. La evaluación de su respuesta muestra que no “reconoció críticas legítimas, como las descripciones inconsistentes del significado de una pandemia”. Después de declarar la pandemia, en un momento en el que la concientización de las personas era particularmente importante, la OMS “decidió disminuir la comunicación proactiva con los medios de comunicación al discontinuar las conferencias de prensa rutinarias sobre la pandemia”. Otras fallas de comunicación incluyeron la confusión entre lo que podía pasar y lo que era más probable que pasara.

En los últimos 100 años, la comunidad global fue relativamente afortunada: el SARS, por ejemplo, fue un “problema sencillo de resolver: una vez que los síntomas clínicos aparecían, había bastante tiempo para aislar a la persona antes de que se volviera contagiosa”. De manera similar, el H1N1 era un virus relativamente leve. Hoy, sin embargo, una comunidad altamente urbanizada y globalizada se enfrenta a virus más frecuentes y más mortales. Para la Coalición para la Innovación en la Preparación para las Epidemias (CEPI), respaldada por los Centros de Control de Enfermedades de Estados Unidos y por la Fundación Bill y Melinda Gates, la preocupación es que virus como el H7N9 muten y se vuelvan transmisibles de un humano a otro. La advertencia repetida por parte de CEPI es que reaccionamos y no planificamos. El descubrimiento más preocupante del comité al evaluar la respuesta al H1N1 fue que el “mundo no está preparado para responder a una pandemia severa de gripe o a una emergencia de salud pública similar, que sea global, sostenida y que amenace a las personas. De hecho, las visualizaciones de datos de la “próxima” epidemia son muy preocupantes. La observación de Larry Brilliant de que “los brotes son inevitables, las epidemias son opcionales” parece aplicar tanto a las pandemias como al pánico social que generan. Hay reglas y guías sobre cómo prepararnos para una pandemia y cómo reacccionar y evitar el pánico: tenemos que seguirlas como si nuestras vidas dependieran de eso.

Versión completa en español completa el artículo original publicado por Chris Simms en The Lancet Global Health Blog el 28 de marzo de 2018. 

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